domingo, 10 de diciembre de 2017

Y cumplí 40.



Así es. Cumplí 40 años y lo celebré como se merecía. Como diez años antes lo hice al estrenar la treintena. Y lo cierto es que no cambiaría este momento por ningún otro. Me encuentro muy bien, de vuelta a casa, desempeñando un trabajo que me encanta y rodeada de personas especiales. 

Muchas de ellas estuvieron conmigo la noche en que cumplí 40 años. Algunas vinieron de lejos, otras estaban aquí al lado, e incluso, hubo alguna con la que habíamos dejado pasar demasiado tiempo desde la última vez.

Hoy, después de varias semanas en silencio porque no me da, literalmente, la vida, recupero este blog para recordar que la amistad es un valor que debemos cultivar. A los amigos hay que cuidarlos, llamarles y compartir cafés, cañas y cenas con ellos. Dejemos las redes sociales para quienes no conocemos personalmente. Escuchémonos mirándonos a los ojos, hablemos cara a cara de lo que nos preocupa o nos hace sentir alegría. Porque los verdaderos amigos nos necesitan y nos hacen bien. 

Mis amigos me conocen muy bien. Por eso, al cumplir 40 recibí los regalos que más me pueden gustar: calcetines, jabones de aromas maravillosos, cuadernos bonitos y libros fantásticos, esencialmente. Eso y mucho más. No pretendo enumerar todo lo que recibí porque fue demasiado. Pero diré que, en apenas un par de días, leí el primer libro que una de esas personas especiales me entregó: Hôzuki, la librería de Mitsuko. 




Joan lo eligió porque sabe que me gustan las librerías y los autores japoneses. Soy así de 'intensita'. Lo hizo al azar sin saber que, además, la editorial Nordica es una de mis favoritas. Tampoco sabía que la novela de Aki Shimazaki aborda el tema del aborto que, a pesar de mi historia personal, no me duele. Todo lo contrario me gusta leer sobre al amor maternal y sus formas. 

Recomiendo esta pequeña novelita porque es sutil, emotiva y preciosa. 

Prometo no desaparecer demasiado tiempo... 

martes, 24 de octubre de 2017

Tres exposiciones en Madrid. Y una tienda imprescindible

He recuperado uno de mis mayores placeres. Aprovechar el fin de semana y darme un atracón de arte. Lo he hecho y me ha sentado de maravilla. Éstas son las tres exposiciones que recomiendo apuntar en la agenda y visitar antes de que sea demasiado tarde. 

William Morris y compañía: el movimiento Arts&Crafts en Gran Bretaña. Hasta el 21 de enero de 2018, la Fundación Juan March de Madrid presenta esta delicada muestra. La entrada es gratuita y cuenta con un extenso programa de visitas guiadas, también en inglés. 

Cada día siento nostalgia del año que viví y dormí intensamente en Escocia, y me acerqué sospechando que ellos serían parte de la exposición. No me equivoqué. Me refiero a Charles Rennie Mackintosh y a su mujer, Margaret Macdonald. Reconozco que encontrar algunas de sus piezas, hizo que me emocionara. 





En dicho país, conocí su obra y vida. Y en poco tiempo, me sumergí en su universo siguiendo su huella, profundamente marcada, en la ciudad de Glasgow. Lo conté aquí en un post que ahora vuelvo a compartir y también en mi blog furgonetero: Nosinmifurgo

Si bien, el eje principal de esta exposición es el trabajo de otra persona: William Morris. Alguien que exploró múltiples facetas artísticas dado que fue diseñador, artesano, poeta, ensayista, traductor, bordador, tejedor, tintorero, ilustrador, calígrafo, tipografista, novelista, editor, conferenciante y también le dio tiempo a ser empresario, ecologista, agitador político, defensor de los edificios históricos y socialista. 

Él apoyó la artesanía frente a los productos fruto de un proceso mecanizado. Promocionó los trabajos artesanales y apostó por situar las artes decorativas en el lugar que merecían, es decir, dejar de ser consideradas como menores. 

Mobiliario, textiles, joyas, papeles pintados, vidrio, cerámica y fotografías son algunos de los objetos que secundan su opinión y ponen de relieve que lo útil puede ser bello. 

Por Sorolla siento simpatía desde que, en el Instituto, aquella profesora pelirroja llamada Milagros nos pidió realizar un trabajo sobre un artista y yo le elegí a él. Abrí la Larousse y aprendí todo lo que allí encontré. Tiempo después, cuando llegué a Madrid, rauda y veloz me acerqué al Museo Sorolla. Y hasta él, he vuelto multitud de veces. 

No importa la estación del año, siempre resulta agradable la entrada a través del jardín y, después, sentarse un ratito en un banco y disfrutar del sol madrileño. Volví el domingo sin saber que hasta el 21 de enero, alberga la muestra Sorolla en su paraíso. No me cansaré de decirlo: Soy una mujer suertuda. Además, los domingos la entrada es gratuita. 

Se trata de un recorrido fotográfico por la vida del pintor. Maravillosas instantáneas lo muestran trabajando, retratando a grandes figuras en su estudio y a su familia, así como en exteriores. Los autores de las fotografías son célebres retratistas de la época. Yo, que me fijo en los pequeños detalles, reparé en lo limpios y brillantes que tenía Sorolla los zapatos. ¿Los llevaría así siempre? ¿O no dejaría pasar la ocasión de verse ante un objetivo para sacarles lustre?

La Sala Canal de Isabel II, junto con el anterior museo, encabeza mi lista de espacios expositivos favoritos. La entrada es gratuita y también cuenta con visitas guiadas por expertos. 

El espacio es maravilloso, incluso vacío sería interesante visitarlo pero lo mejor es que siempre alberga muestras de primer nivel. Atención porque el tiempo pasa volando y luego habrá quien se lamente. Hasta el 12 de noviembre, se puede visitar la fascinante muestra sobre Manuel Pertegaz







Se pueden contemplar de cerca diversas piezas de alta costura. Son obras que muestran la evolución de su trabajo, desde los inicios y durante prácticamente siete décadas. A través de ellas se entiende a la perfección el verdadero significado de elegancia y distinción.  





Se comprende cómo la belleza es atemporal, y vestir hoy sus piezas creadas en los años 60 sería un auténtico lujo. Además, provoca cierta nostalgia constatar que nada es como antes. Porque la sofisticación, efectivamente, era eso.





En la última planta, proyectada de forma circular, Vanesa Lorenzo camina con garbo y personifica el canon femenino y el lenguaje de Pertegaz a la perfección. Atención, además, a la música que marca un ritmo muy interesante, que ensalza cada paso, firme y seguro, de la modelo. 

Finalmente, una cuarta recomendación que no caduca y a la que le auguro larga vida. Se trata de la tienda Bureau Mad. Ocupa el número 8 de la calle San Pedro, donde anteriormente Nuria Quilis regentaba su particular universo llamado Passage Privé. 

Ahora es Candela Madaria quien habita el espacio y le ha devuelto la vida con botijos, platos y otros maravillosos ejemplos de alfarería de calidad. 



(Fotos CyC)

Sobre ella, hablaré largo y tendido, pronto, en El Hedonista. Pero vosotros no tardéis en descubrir su tienda y taller en el que diversos artesanos imparten talleres. Os encantará. ¡Ah, y abre los domingos por la mañana! 

martes, 17 de octubre de 2017

Tiendas no solo bonitas

Supongo que este blog vuelve a sus orígenes, cuando casi casi era una guía sobre Madrid: tiendas, bares, restaurantes, exposiciones...

Aquellos lectores que preferís mi vena sensible, y un poquito intensa, permitidme un tiempo para asimilar todo lo que me ofrece la ciudad, que es mucho. 

Dicho esto, en estas últimas semanas, he descubierto algunas tiendas muy especiales y me gustaría compartirlas. Aunque a mí no me gusta demasiado ir de compras, me conquistan los espacios bonitos. Y estos, sin duda, lo son. 

Zubi. Entrevisté a las hermanas Zubizarreta hace unos meses para El Hedonista y conocerles a ellas y su espacio estaba en mi lista de pendientes. 




(© Zubi)

No diré más porque podéis conocer su proyecto en la citada entrevista. Bueno, remarcaré que es de obligada visita cuando se buscan bolsos, accesorios y objetos realmente especiales. 

Ropa Chica. Leo las etiquetas de las prendas que deseo adquirir y considero muy importante no participar de la explotación a personas que practican las grandes marcas. 






Por eso y porque es de líneas sencillas, me ha gustado esta firma pequeñita fundada por Carola Huidrobo. Ella fabrica en España y los tejidos proceden de aquí así como de Portugal y de Francia. 



(© Ropa Chica)


Meet. En la calle Palma es otra dirección realmente singular con moda y artículos, también papelería, seleccionados con mucho sentido.




(© Meet)


Pinkoco. Bajo este nombre se encuentran dos propuestas. Por un lado, una tienda de muebles y objetos, y por otro, un bar muy agradable. El primer espacio está en el número 15 de Piamonte y el segundo, apenas a unos metros de distancia, en Santo Tomé, 8. 

Henna Morena. Especializada en fitoterapia y productos para el cabello, es el proyecto de Sandra Vivancos. La fundó en Barcelona y trabaja en red con proyectos éticos y solidarios en India, Grecia y Burkina Faso.

Me gustó que la persona que me atendió no quiso venderme nada. Observó mi pelo y dijo que no necesitaba ningún producto. Admito que solo utilizo champú y un acondicionador sin parabenos ni siliconas y otros aditivos, pero ninguna mascarilla. 

Si la necesito, volverá a esta bonita tienda y quizá me anime a probar alguno de sus aceites.

Papiroga. Yo que casi nunca me cambio de pendientes y que carezco de estilo para lucir un collar o el complemento más básico, sentí fascinación por la nueva colección de esta marca también española. 





(© Papiroga)



Estoy convencida de que lucir una de sus creaciones consigue cambiar tu humor, como ellas sugieren.

Cocol. De reciente apertura en la Plaza de la Paja, reúne objetos de marcado carácter mediterráneo. Destacan los materiales de calidad y apetece llevarse todo: telas, cestos, cerámica... Sí, hasta esa boina de un favorecedor tono rosa de la conocida casa Elosegui


 

(© CyC)


¡Sigo explorando Madrid porque me queda mucho!


viernes, 29 de septiembre de 2017

Echar de menos, pero bien

Hay alguien a quien suelo decirle: 'Te echo de menos pero bien'. Se puede y conviene añorar a alguien de esa forma. También los lugares se echan de menos, mejor si es de una forma positiva. Aunque la sensación de 'pellizquito' en el estómago sea inevitable. 

Anoche, charlaba con un amiga sobre Cayetana Guillén Cuervo, que ha publicado un libro titulado Los abandonos. Yo no lo he leído pero ella, Rosa Alvares, mi amiga y gran periodista, sí. En una velada festiva nosotras volvimos a nuestro tema favorito: los duelos. De vuelta a casa (a altas horas de la madrugada), pensé en las pérdidas que suponen determinados lugares.

Yo he perdido Escocia. Echo de menos ese pueblito llamado Dumfries y por eso cada mañana, lo primero que hago es consultar el tiempo de allí. Echo de menos el frío e incluso la lluvia, pero bien. Porque los once meses en los que dormí intensamente y viví en calma, me han servido para hallar nuevos motivos de agradecimiento.

Me siento afortunada porque maduré la consigna, 'Si llueve, llueve', nacida del libro de Bolitx, El Gran Caminante, y padecida ya en la gélida Pamplona.

Es decir, el tiempo no puede recluirte en casa. En Dumfries he corrido, caminado y vivido con lluvia, viento, nieve y tremendas heladas. Incluso me caí a un río ante la atónita mirada de Catriona. Esta pequeña sentencia funciona, a modo de mantra, como mi keep walking, casi para cada situación.

Me siento afortunada porque ahora, cada mañana, no veo un árbol ni un cielo maravilloso. Pero recuerdo los que vi cada mañana escocesa.




Vuelve a mi memoria la luz que entraba en el salón de casa en torno a las 13 horas. Y siento agradecimiento. Pienso en la sensación de cansancio de los meses de oscuridad así como en la energía que me regalaron los de absoluta luz. 

Recuerdo, y el 'pellizquito' cobra más intensidad, a las personas que se cruzaron en mi camino. Echo de menos a mis alumnos, especialmente a Nova y a Janice, a Bruce y a Rachel; a mis abuelitas de los paseos de los martes y de la jardinería, especialmente a Margaret y a Elisabeth, también a Wendy. A los fruteros, cómo no. 

A todos ellos, les he escrito y mandado la primera postal desde Madrid. 

Casi cada día, en algún momento, cierro los ojos, y recorro de nuevo el maravilloso jardín en el que trabajaban los pacientes del antiguo campus, el Crichton. Respiro el olor de las vacas y regreso a Kingholm Quay, caminando o corriendo, sola o con Gail. 





Mi mirada vuelve a atravesar los cristales de mi café favorito, The Stove, y se pierde en la lluvia. Pienso en que nunca hablé con ese chico con problemas de movilidad al que veía en tantos y tantos lugares leyendo. Él siempre sonreía. 

Recuerdo los cafés tan ricos que me servía Nicole y cómo al principio no le entendía ni media sílaba. Después, incluso subí al escenario de Brave New Words y, sin vergüenza alguna, les hablé del Camino de Santiago, de mi libro y del maravilloso albergue de mi hermano, de Check In Rioja.

Cuando siento que Madrid es puro ruido, de nuevo, cierro los ojos, y estoy en The West Highland Way, posiblemente, una de las experiencias que más me ha marcado. 




Porque supe que soy fuerte, física y mentalmente. Porque intuí que algún día echaría de menos cada kilómetro de aquel camino, pero bien, que añoraría Escocia como pocos lugares en los que he vivido.




Gracias, Universo. 


miércoles, 27 de septiembre de 2017

Madrid no me mata

Después de haber vivido cuatro años fuera de esta ciudad y uno de ellos, como dice mi madre, "en modo granjera" en el pueblito de Escocia, admito que Madrid se mueve a una velocidad casi de vértigo. Pero yo no pienso marearme. Ahora bien, desde hace algunos días, he sido absorbida por tal ritmo y voy a todas partes casi con la lengua fuera. 

No, Madrid todavía no me mata ni creo que lo haga. Porque me gusta demasiado.

Porque mi barrio se ha puesto demasiado moderno pero cuenta con aperturas tan interesantes como Furtivos (Ponzano, 52). De esta taberna chiquitita habla todo el mundo y no faltan razones. 




La carta es breve, no es necesario más, porque es de nivel. Al tomar asiento en la barra y echarle un vistazo, admito que sentí un poco de ansiedad y quise marcar con el lápiz cada uno de los platos. Puestos a elegir, opté por las navajas, los berberechos, la caballa marinada y el nem de bonito de Burela. 

En Ponzano, hoy por hoy, la oferta es tan amplia que uno se puede perder. Conviene detenerse en este local con un neón en forma de percebe en la ventana. Por cierto, las croquetas de lacón y grelos son obligatorias (y tremendas). 



(© Furtivos)


Porque la lista de restaurantes que quiero conocer es muy amplia y estimulante. De hecho, la nevera de casa está semi vacía y nadie me pilla allí a la hora del almuerzo ni de la cena. 

Empezaré por Fismuler (Sagasta, 29), para comprobar en primera persona en qué anda metido Nino Redruello.

Continuaré con lo último de Javi Estévez, John Barrita (Vallehermoso, 72), y con Kitchen 154, el tailandés del mercado de Vallehermoso. Sin salir del mercado, no pasaré por alto otra propuesta de la que me han hablado muy bien: Tripea.

No los he probado pero sí he visitado esta plaza, que ha cobrado nueva vida y cuenta con una buena y apetecible nómina de restaurantitos. 

Porque los que sí he tenido oportunidad de conocer en primera persona (y con buen apetito) han sido Navaja (Velarde, 42) y Atlántico Casa de Petisos (Avda. de Menéndez Pelayo, 11), y me han convencido de principio a fin. Ambos son altamente recomendables, cada uno con su estilo, pero los dos con muy buen producto. 

En el primero, hay que pedir los mejillones, las ortiguillas (si las hay) y, claro, la navaja. Ah, y las sardinas. En el segundo, no se pueden pasar por alto las croquetas ni tampoco los mejillones con curry verde. De postre: quesos. La selección es muy buena así como la de vinos.



(© CyC)

Porque ahora están de moda más que nunca las tiendas y restaurantes ecológicos, y a mí, que me chifla mirar y remirar las etiquetas de los alimentos y descubrir nuevos productos, me sorprendió Kiki Market (Travesía de San Mateo, 4) y tengo pendiente conocer El fogón verde (Alameda, 4). 




(© Kiki Market)

Sí, casi en cada esquina hay tiendas ecológicas, panaderías y también heladerías. Sea tendencia o no, lo cierto es que la sorprendente combinación de ingredientes y sabores de los polos de Nordikos han hecho que, en menos de una semana, haya ido dos veces. 



(© CyC)


En cuanto al pan, me quedo con el de Oliver Nicols (Santísima Trinidad, 6) y la simpatía de su propietaria, Kay Hespen. Ella, la creadora de Hespen&Suárez y de Cosmen&Keiless, ahora atiende personalmente su pequeño mostrador. Atención a la tarta de queso... 



(© CyC)

Porque El Rastro sigue siendo un planazo para disfrutar del último día de la semana y, como manda la tradición, termina con un aperitivo. Mis locales favoritos siguen siendo La cabra en el tejado (Santa Ana, 29) y Muñiz (Calatrava, 3). Aunque, eso sí, a los 40 ya no se prolongan los domingos como a los 30. 

Lo dicho, a mí no hay quién mi pille en casa... 

lunes, 4 de septiembre de 2017

Pueblito bueno

Me gusta mucho septiembre. Siento que comienza un nuevo curso y, de forma natural, noto ilusión. Se dibuja una sonrisa en mi rostro.

En este momento del año suelo buscar unos minutos de calma y analizar lo transcurrido y transitado. Practicar el agradecimiento funciona, relativizo y encuentro un extra de energía. 

Yo hoy siento que soy afortunada, mucho, porque tengo un pueblito bueno. 

Ayer, mientras regresaba de Arándiga, donde viví desde los tres y hasta los 17 años, y donde se encuentra mi casa familiar, valoraba todo lo bueno que tiene.

Quizá no es muy bonito, pero para mí es el más bonito.

A veces, como este fin de semana, huele a melocotones. Otras, a tomates, pimientos...




En estos días, sabe a moras. Otras veces, a nueces y almendras.

Siempre sabe a pan. Me encanta subir a la panadería, que abre a las 11.30 horas, y ante cuya puerta se forma una gran fila. Me gusta que algunas personas me reconozcan y que otras no tengan ni idea de quién soy hasta que el de al lado se lo chiva. 

Arándiga tiene dos ríos que se unen en un lugar llamado la juntura (no exigía mayores complicaciones), donde me encanta bañarme aunque vuelva a casa con olor a zurrapa. En las orillas, crece jabón de gitano, que a mí me recuerda a la infancia. 

Tiene tantos caminos que las posibilidades para correr o pasear son numerosas. 

Y yo he tenido la suerte de recorrerlos casi todos con una persona que tiene un efecto maravilloso en mi alma: mi padre. 






Me gusta cómo las conversaciones casi siempre giran en torno a lo mismo. No necesitamos innovar. Suelen ser recuerdos de nuestros caminos, sí sobre estos y sobre los que nos llevaron a Santiago de Compostela. Y también acerca de los que nos quedan. 

Hoy, septiembre, cuando digo hola a comienzos, reconozco todo lo que debo al lugar en el que crecí. Siento que al igual que cada cierto tiempo hay que analizar lo vivido, es positivo recordar de dónde venimos y quienes nos han ayudado a formarnos como personas. 

Y yo vengo de un pueblito bueno, en Aragón, llamado Arándiga. 

Gracias.

jueves, 31 de agosto de 2017

Compra local, reconoce a quien arriesga

Sigo en Madrid encantada. He tenido la oportunidad de convencerme (aunque no hacía falta) de las razones por las que tanto me gusta la ciudad. La principal es la gente que la habita.

La vida en Pamplona resultó complicada precisamente por eso. Apenas nadie me saludaba ni intercambiaba esas tres frases sobre el tiempo o sobre alguna nimiedad que no cambian tu existencia, pero sí tu sonrisa y humor. 

En Madrid, no importa si te conozco o no, pero es casi seguro que charlemos. Hace unos días, antes de entrar a la clase de yoga bikram, me vi rodeada por tres mujeres que me invitaron a su conversación de la forma más natural. Recordé que por eso me gusta Madrid.

El martes, me uní al grupo de Beer Runners en El Retiro (20 horas, en la entrada de la Cuesta de Moyano) y recibí besos de un buen puñado de ellos. ¡Increíble! Y corrí sin darme cuenta de tanto que hablé con Carol. 

Pero si hay alguien con quien he charlado y creo que voy a seguir compartiendo impresiones es con Aurora Cortés, propietaria de Vinos La Mercería (Alonso Cano, 30). 

A ella también le gusta entablar conversación, se nota que es periodista, con una larga trayectoria como productora de televisión. Las circunstancias le pusieron frente a un cambio de vida y optó por lo que más le gustaba y gusta: los vinos.

Vinos La Mercería es un ejemplo de supervivencia en un barrio, Chamberí, y concretamente las calles de Alonso Cano y Ponzano, que se están transformando en pura fachada. Supongo que la gente joven que ahora vive en la zona, no tardará mucho en desaparecer. Será cuando surja otro barrio de moda. 

Yo compro local y elijo pequeños negocios en manos de personas. Mis padres así me lo enseñaron. Ellos, propietarios de una pequeña farmacia rural, saben cómo hay que luchar por cada céntimo y por la fidelidad de cada cliente.

En los pueblos desaparecen los comercios y nadie se inmuta. La despensa se llena en la ciudad pero luego se espera que el domingo, cuando no queda sal para las chuletitas, la tienda del pueblo esté esperando. No, así no. 

Elegir tiendas en manos de valientes que arriesgan es también un acto social. Y yo en este asunto soy muy combativa. 

Entiendo que la pela es la pela, pero no nos confundamos, los pequeños emprendedores por supuesto ajustan los precios; lo hacen hasta donde no se ahogan. Las grandes corporaciones juegan en otra liga y precisamente por ello están hundiendo a los pequeños. 

Yo compro en Vinos La Mercería porque respaldo el proyecto de una persona, porque los precios son sorprendentes, porque la variedad es muy amplia y porque Aurora cuenta con pasión todo lo referente a las botellas que alberga en su deliciosa tienda.

Ah, y porque casi todas las referencias presumen de etiqueta bonita. Y a mí el diseño me puede, pero en este caso no me equivocaré, ella acierta con sus recomendaciones. 






Resulta curiosa la selección de vinos ecológicos y biodinámicos. No estoy muy interesada en este apartado, pero si alguien lo está, la de aquí es una importante nómina.





Y quien dice vino, añade cervezas artesanas como Balate y Mustache, que tanto me gustan y que en su día recomendé en El Hedonista

En los estantes también se encuentran patatas fritas de calidad, conservas gaditanas de Herpac y otras delicias para un vermut caprichoso. Sí, también tiene vermut de alta calidad y buen precio.






Además, cada viernes por la tarde, Aurora presenta un nuevo vino e invita a probarlo en la tienda. De forma distendida, sin catas ni horarios fijos. Pasas, tomas un vinito y seguro que charlas con ella. ¡Y te llevas una botella, qué Aurora debe vivir!

Por último, en Vinos La Mercería incluso hay cabida para otras expresiones que, como el vino, nos alegran el alma. Por ejemplo, muestras de fotografía. ¿A que eso no lo hace Carrefour ni Mercadona?

Desde ya, si no lo haces, compra local, reconoce a quien arriesga. 

viernes, 25 de agosto de 2017

Madrid, te he echado (tanto) de menos

De vuelta a España, al calor. Desapareció la sinusitis y llegó la sequedad de ojos. 

Atrás quedan Dumfries y Escocia, con sus bajas temperaturas, su maravillosa gente y esa luz que tanto me fascinó. 

Cada día, valoro el gran regalo que ha supuesto la experiencia en el extranjero. El silencio del campus universitario, las flores y aves maravillosas, las carreras al borde del río Nith... Siento nostalgia, ciertamente, pero por delante está Madrid, y es mucho Madrid.

Apenas llevo cinco días en la ciudad y tengo el presentimiento de que lo mejor está por llegar. 

Todavía no sé qué ocurrirá con este blog a partir de ahora. Quizá dé un giro y el contenido provoque que algunos lectores se queden el camino y que otros se sumen. De momento, doy la bienvenida a una nueva etapa y atiendo la solicitud de una lectora cercana (Ana) que me pidió tener un post cada semana. Paso a paso. 

Vuelvo al lugar del que me fui, Chamberí, pero con la experiencia de cuatro años vividos intensamente. Y sí, en este tiempo ha habido de todo: bueno, menos bueno, pero también buenísimo. Por una cuestión de actitud, incluso hago lectura positiva de lo malo.  Keep walking!

Chamberí vive un fenómeno de gentrificación, palabra que como procrastrinar, resiliencia y otras más, me cuesta pronunciar. Resumiendo, alguien ha movido los hilos inmobiliarios y el barrio se ha puesto de moda. Es decir, muchos locales de ocio y también alquileres por las nubes que convierten la zona en menos habitable y acogedora para quienes llevan aquí media vida. 

Yo he vuelto a los bares de siempre. He tomado la tortilla de Alipio Ramos (Ponzano, 30) y las contundentes tapas de la barra que más me gusta, la de El Escudo (Ponzano, 49). Sí, es mi favorita del barrio y casi casi de todo Madrid. 

He conocido Pepita y Grano, tienda que me recuerda a otra de Pamplona, que lamentablemente cerró, Cuarto y Mitad. La oferta de cereales, arroces, especias, frutos secos y otros alimentos, es amplísima. Me convence la posibilidad de elegir la cantidad que deseas y reducir el volumen de plásticos y envases. Es decir, poder comprar de una forma sostenible. ¡Ah, y probar ingredientes que desconozco! Creo que voy a detenerme en el número 77 de Santa Engarria con mucha frecuencia. 

Mi bicicleta y yo hemos vuelto a las calles, esta vez, más seguras porque existe carril bici. Gracias, Madrid, es un gran paso adelante. 

Pedaleando y caminando, por supuesto, he ido más allá de Chamberí. He recuperado un hábito del que solo obtenía beneficios: Bikram Yoga. Increíble, pero cierto, cuatro años después he recordado las posturas y aguantado con sumo placer los 90 minutos en esa atmósfera (tan) cálida y húmeda. 

He saludado a grandes amigos como Pedro, cuya taberna Los Chanquetes, no me canso de recomendar. Esos boquerones, esos torreznos, esas croquetas y todo lo demás merecen que yo dirija mis pasos, una y otra vez, al Barrio de las Letras. 

Durante mi estancia escocesa he añorado la comida española y ahora estoy desatada. He comido, entre suspiro y suspiro, tortilla y croquetas de cabrales en La Ardosa, y también banderillas, patatas fritas y gambas en La Mina (General Álvarez de Castro, 8). Lo dejo ahí y no detallo la lista de bares en los que he pedido una caña (¡Ay, cómo las he echado de menos tanto en Pamplona como en Escocia!) porque alguien podría escandalizarse. 

En Chamberí y dado que de Escocia me queda el gusto por los libros ya usados, recomiendo otra nueva dirección tan interesante como la de librería de segunda mano La Tres Catorce (García de Paredes, 25). 

Madrid, te he echado (tanto) de menos, que pienso explorarte y disfrutarte de principio a fin. Lo mejor está por llegar. 

viernes, 21 de julio de 2017

Sobre la muerte (III)


Tercera y última entrega sobre la muerte. ¡Vamos, que ya no falta nada! Pronto vuelvo con temas más divertidos. ¡Lo prometo!

Gabriel Heras La Calle es Médico Especialista en Cuidados Intensivos y creador de HUCI. Él también me dedicó su tiempo, que me consta es preciado, y contestó amablemente a mis preguntas. He querido compartirlas porque suponen una lectura altamente recomendable.  

¿Qué es Humanizando los Cuidados Intensivos?
Es el movimiento pionero de humanización de la Sanidad, iniciado en febrero de 2014 tras una reflexión personal. Se trata de un proyecto internacional de investigación que tiene por objeto hacer de las unidades de cuidados intensivos espacios más amables para pacientes, familias y profesionales. 

A través de la escucha activa, se han desarrollado nueve líneas de trabajo para rediseñar las UCI y convertirlas en HUCI, escritas con H de humano. Se trata de establecer un cambio de paradigma y centrar la atención sanitaria en el ser humano, en las personas. 

¿Por qué no hablamos de la muerte en España? 
Es una pregunta muy buena y a la que seguimos dándole vueltas. Nuestra sociedad es tremendamente vitalista, con una cultura profundamente religiosa y tiene un "estado de bienestar" y unas expectativas de vida que no hay en otras partes del mundo, como en África por ejemplo. 

La muerte es rechazada por miedo, y el miedo no es buen compañero de viaje en ningún ámbito de la vida. Otras sociedades tienen naturalizado este hecho porque ven la muerte más de cerca y como un fenómeno natural. Pero en España hemos medicalizado la muerte, los hospitales no están diseñados para las personas sino para las enfermedades. Es hora de cambiar esta forma de pensar y de hacer, y debemos hacerlo entre todos.

¿Debemos humanizarla?
Por supuesto. ¿Hay algo más humano que acompañar en este proceso? Y para eso hay que entrenarse, formarse y aceptar que el sufrimiento es una parte más de la vida, con naturalidad. 

Facilitar que una persona cierre bien su biografía acompañado de los suyos, si éste es su deseo,  debería ser uno de los objetivos de una sanidad excelente. Pero a nadie nos viene bien morirnos, y la muerte tiene menos marketing que la última tecnología o la cirugía más compleja que pretenda "salvar vidas". 

Los sanitarios no salvamos ninguna, si acaso las prolongamos. Y esto nos convierte en seres humanos falibles y vulnerables, como cualquier otra persona. Acertamos, nos equivocamos, y necesitamos habilidades, es decir, entrenar en este sentido: compasión, presencia, empatía, respeto y escucha. Porque nos enseñaron mucho de lo Bio en la universidad, pero lo Psico-Social quedó en la teoría.

¿Por qué no hablamos de ella antes de que suceda, cuando está cerca o cuando ha sucedido
Porque no queremos sufrir y tenemos miedo. Y es un grave error: al final a todos nos llega de una u otra manera, y sinceramente, es mejor estar preparado y hablar de ello con las personas que nos rodean. Así, no tendrán que decidir por nosotros en una situación de tremenda angustia y sufrimiento, que es una combinación terrible para la persona que sobrevive.

¿Por qué es un tabú?
Eso depende de cada uno. Cada uno tendrá sus motivos. Repito, el miedo no es un gran aliado en ninguna faceta de la vida. Preferimos hablar de temas más sencillos o que no nos pongan en contacto con un viaje interior. Por otro lado, ese viaje interior es lo mejor que puede hacer cada persona en su vida

¿Hablar ayuda? 
Sin duda. Normaliza y tranquiliza. Y te conecta con la sencillez del ser humano.

Desde el lugar del interlocutor, ¿por qué a la mayoría de las personas les incomoda este tema? 
Porque no sabemos qué hay detrás. Además, la vivimos como un fracaso de la Medicina. Y eso son unas expectativas muy grandes: no somos dioses, no podemos arreglar todos los problemas. No estamos entrenados en habilidades en este sentido. Por eso, Proyecto HU-CI ha puesto en marcha una plataforma de humanización en formación en human tools. 

¿Andamos escasos de empatía?
Pues hay de todo. Los profesionales sanitarios somos personas tremendamente vocacionales, pero desde luego si el sistema tiene al 50% del personal "quemado" por algo será, y esto es un grave problema. 

¿Cómo va a cuidar y curar bien alguien que tiene desgaste profesional y que cambiaría su profesión? Tenemos un grave problema en este sentido, y ya es hora de que todos nos cuidemos unos a otros si queremos hacer posible este cambio de paradigma. Necesitamos el respaldo de las autoridades sanitarias y los gestores en este sentido. Un sistema gestionado con H además, es más productivo y desde Proyecto HU-CI estamos empeñados en demostrar que se pueden hacer las cosas de otra manera. Y si, la empatía es una buena aliada.

¿Preferimos mirar hacia otro lado?
Bueno, es que España es el país de "balones fuera": nadie tiene culpa, nadie asume sus responsabilidades y nadie dimite cuando toca. Lo vemos cada día en prensa y lo peor es que no hacemos nada para remediarlo. Vivimos anestesiados. 

Nuestra propuesta es: Y tú, ¿qué puedes hacer para mejorar el sistema? ¿tu vida? ¿tu familia? ¿tu equipo de trabajo? ¿la sociedad?. Se humaniza de dentro afuera, y esos cambios pequeños todos juntos hacen posible un cambio global. Ojalá el cambio en Sanidad sea el motor de cambio para la Sociedad, porque en todos los ámbitos hace falta más H, más personas en el centro.

Este doloroso proceso, ¿sería más fácil si comprendiéramos que la muerte es la otra cara de la vida?
Sufrir es parte de esta vida, como reír, llorar, sentir, emocionarse o enamorarse. Todos estamos hechos de lo mismo, y quizás si buscáramos lo que nos une como seres humanos, en vez de lo que nos separa, el mundo sería un lugar diferente. Comprender la muerte y vivir al máximo hasta el final, y tener la tranquilidad de que hiciste lo que viniste a hacer en este tiempo. Al fin y al cabo, hemos nacido para intentar ser felices.

Confieso que ésta es una de las entrevistas más bonitas que he realizado últimamente. Bonita y necesaria, en mi opinión, tanto como las dos anteriores realizadas a María Leach y a Paloma Rosado.

Gracias por vuestro tiempo a los tres.

Felices días de verano...  

viernes, 7 de julio de 2017

Sobre la muerte (II)

Segundo capítulo de la serie veraniega hablemos sobre la muerte. Quién sabe, quizá las vacaciones y estar relajados sin mucho que hacer o con tiempo libre, sea un buen momento para pensar en ella. 

¡Mira que luego nos pilla por sorpresa!

;-)

La historia de Paloma Rosado no es muy diferente a la de María Leach, de quien hablé anteriormente. Ella también es periodista además de terapeuta gestáltica y rogeriana, y especialista en el acompañamiento de procesos de duelo. Durante años, ha colaborado como facilitadora en el Centrode Ayuda al Duelo Alaia y, en la actualidad, lo hace con la Asociación Luto enColores.



(Foto: Miguel García Castro)

Conozco a Paloma personalmente. Tan solo la he visto una vez, o dos, pero siento que es alguien especial. Superar lo que la vida le puso delante posiblemente contribuyó a que se convirtiera en ello. En alguien muy especial. Ésta es su historia y lo que ha aprendido, que es muchísimo. 

Llamó a la puerta de Alaia cuando falleció su marido. Entonces, Paloma tenía 32 años, hacia nueve meses que se había casado y estaba embarazada de tres. 

“A pesar del enorme dolor, éste no llegó a nublarme la mente, ni a endurecerme el corazón. Fui inteligente y enseguida busqué el apoyo de alguien que pudiera acompañarme en mi proceso sin que se sintiera desbordado ni intentara calmarme con palabras y recetas simplonas”, relata. En Alaia encontró a Marta.

En estos años, Paloma ha entendido que el modo de vida en las ciudades nos aleja de los ciclos de la naturaleza y especialmente de la muerte, que hemos confinado en hospitales y tanatorios. Al mismo tiempo, cree que en lo profundo del ser humano hay una aspiración -a veces apocada y temerosa- a poder aceptar y recibir la despedida que irremediablemente nos visitará algún día. A ello, dice, ayuda vivir conscientemente las pequeñas pérdidas que con el tiempo van llegando: la piel lozana y tersa, el rol de profesional activo y exitoso, las mudanzas, la sexualidad vigorosa, la vista cansada, la energía juvenil...

Esto es, “no acallar nuestros temores sino hablarlos, mostrándonos vulnerables, y escuchar los pesares de los otros, nos ayuda a relacionarnos desde otro nivel, nos reconforta en la vida... y en la muerte cuando llegue. Sí, hablar de lo que duele con la o las personas apropiadas y en un clima de aceptación y no juicio sana las heridas”, añade.

“El duelo es un tránsito, no un estado en el que instalarse. Es un proceso que puede incluso desembocar en el hallazgo de un sentido profundo y personal al dolor. Hay que tener presente que no es una enfermedad, es dolor, dolor por haber perdido a un ser amado y que ante esto lo natural, lo sano, lo adaptativo es llorar, suspirar, enfadarse, languidecerse... Lo importante es que en esta 'circulación emocional' nada se pare. Que no haya atascos que impidan el empuje del 'enganche' a la vida. Ése es el riesgo: que aparezcan la negación, la victimización o la congelación”, afirma. 

A ella también le pregunté por qué cuando alguien cercano ha perdido a un ser querido cuesta tanto acercarse a él y escucharle. Y me dijo que ver el pesar del otro nos sitúa, de algún modo, ante nuestra flaqueza y ante las pesadumbres que pueden aparecer en nuestro horizonte en cualquier momento. 'Nos hablan de lo nuestro' porque los seres humanos, a partir de los 5 años, estamos preparados para ponernos en lugar del otro gracias a la empatía. Así que, me explicó, en el tema de la muerte generalmente vivimos con la pauta de: aquello a lo que no miro, no existe. 

Quise saber, además, su opinión acerca de la falta o no de empatía en la sociedad actual. Su respuesta fue un depende. "En el mundo del acompañamiento del duelo yo he encontrado mucha empatía, aceptación, no juicio, paciencia... Si hablamos de la sociedad en general pues andamos escasos de empatía y otras cualidades y valores. Aunque yo que soy una fan de los estudios de Steven Pinker (psicólogo evolucionista de Harvard) siempre tengo presente sus investigaciones. ¿Un ejemplo? en 1950 el conflicto armado medio mataba a 33.000 personas. En 2007 menos de 1.000. No hay que cantar victoria pero... ¿estamos mejor o peor?", argumentó

En relación a la pérdida vivida en edad infantil, asegura que los niños de entre 3 y 9 años viven la muerte como la viven sus padres. Unos padres bloqueados por la muerte, dejarán en sus hijos esa huella aunque no hablen de ello. En cualquier caso, cuando un niño pregunta acerca de la muerte, cuando saca el tema, hay que darle una respuesta sincera.

Además, recordó las palabras del profesor de Educación, Agustín de la Herrán: "la cultura que no valora la muerte, no valora la vida (…) y el tabú que envuelve este tema se refleja ineludiblemente en la educación como si así estuviéramos protegiendo a los niños/as cuando lo que realmente estamos haciendo es impedir que se vayan enfrentando a pequeñas dosis, a las situaciones difíciles o críticas por las que, ineludiblemente, todos pasamos más tarde o más temprano. Llevar esto a la educación no es nada más que facilitar el espacio para que los alumnos expresen en momentos de sufrimiento, dolor o fracaso".

Cuando no sepamos reaccionar ante la muerte, busquemos a las personas adecuadas. Paloma es una de ellas. 

Y es alguien muy especial. 

miércoles, 28 de junio de 2017

Sobre la muerte (I)


Quienes me conocen personalmente dicen que soy optimista. Y casi siempre feliciana. Pero no soy ajena a los golpes de la vida, ni tampoco a las emociones que menos nos gustan. Por ejemplo, la tristeza. 

De hecho, estos días ando un poco bajita de ánimo recordando sucesos que supusieron un antes y un después en mi vida. Pero hace tiempo que me marqué en la piel un keep walking a modo de mantra. Sí, yo continúo caminando, pase lo que pase. 

Digo esto porque me gustaría hablar sobre la muerte. A mí no me incomoda. Todo lo contrario. La siento aquí al lado, intuyo que puede suceder en cualquier momento y prefiero relacionarme con ella con naturalidad. Dentro de lo posible, claro está. 

Cuento esto porque hace unas semanas, entrevisté a varias personas y publiqué en el suplemento Zen, de El Mundo, un reportaje sobre el movimiento internacional Death Café. Se trata de una iniciativa que reúne a desconocidos en torno a un café dispuestos a charlar sobre la muerte. En el más amplio sentido de la palabra. Y eso da para mucho. 

Suele ocurrir que el espacio de los medios es limitado. Por eso, me gustaría traer a éste mi pequeño blog, las entrevistas que realicé a varias personas y que en dicho artículo no tuvieron cabida. Lo haré en semanas consecutivas. ¡Lo sé, son temas muy veraniegos!

Así las personas que no se sienten cómodas con estos asuntos pueden guardar vacaciones y leerme a partir de septiembre. En apenas un mes, inicio la vuelta a España con un gran viaje y posiblemente no publiqué hasta entonces. Quienes queráis continuar con la lectura, os presento a María Leach.

Ella escribió unos versos bellísimos. Y publicó un poemario que a mí me conmueve profundamente. Es uno de los pocos libros en español que me ha acompañado este año. A él he vuelto con frecuencia. 

Me parece la carta de amor más bella que he leído en mucho tiempo. Es la carta de amor a su marido muerto. Suena duro, ¿verdad? Pues ella escribe así como duele. Sin anestesia. A pecho descubierto. Y por todo ello merece mi respeto. 

Sobre ella he publicado, recientemente, una entrevista en El Hedonista. Os invito a leerla y, si os apetece, podéis continuar por aquí...

María apunta que “las bases fundamentales del sistema actual necesitan personas que consuman y sean felices, que no piensen más allá. Nos comportamos como si fuéramos eternos y eso provoca que nuestro modus vivendi dé la espalda a la realidad, a lo que no es maravilloso. Pero lo cierto es que, por mucho que finjamos o cerremos los ojos, la vida es una dualidad constante y está compuesta por sucesos positivos y negativos, por alegrías y tristezas, por la salud y la enfermedad, y en último término, por la muerte”.
Ella lo experimentó en primera persona. Ella es periodista y la autora del poemario No te acabes nunca, publicado por Espasa es Poesía e ilustrado por Paula Bonet. En apenas unos meses, contrajo matrimonio y esperaba su primer hijo. Poco después de nacer la criatura, su marido, Charlie, murió de cáncer.




Siguiendo el consejo de una psicóloga, cada día durante dos años, escribió y dio salida a sentimientos tan encontrados y difíciles de canalizar como la incredulidad, la rabia, la pena, el dolor, la desesperación, el agotamiento… hasta la paulatina reconexión con la vida. Porque, como Leach afirma, “el duelo tiene diversas fases que van surgiendo a cuentagotas y que no queda más remedio que atravesar”.
 
Su propia experiencia le ha demostrado que hablar de la muerte es positivo. “Ayuda muchísimo. Es una manera de liberar emociones, de sanar, de acercarse a la cicatrización y de prepararse para afrontar nuestra propia muerte y la de nuestros seres queridos. Nunca sabemos cuándo puede alcanzarnos. Los problemas diarios, tanto los grandes como los más minúsculos, se ven completamente diferentes cuando uno los compara con la muerte”.
Señala que en las escuelas deberían prepararnos también para afrontar las adversidades y darnos las herramientas necesarias para superarlas, en vez de esquivarlas.
La falta de habilidades para encarar las dificultades se descubre no solo en quién vive la muerte apenas a unos milímetros de distancia, en su alma, sino también en quien se encuentra justo en frente. Cuesta, por tanto, acercarse desde la naturalidad y desde la delicadeza a quien atraviesa el duelo. Tenderle una mano, escucharle, dejar que exprese sus emociones.



Leach señala que “la gente quiere que ‘se te pase rápido’, ‘que el tiempo te cure ya’ y ‘te rehagas sin sufrir mucho’. Sin embargo, el duelo es sufrir y tiene un timing para el que es preciso demostrar mucha paciencia por los dos lados, tanto el que lo sufre como los que le rodean. El duelo es un proceso lento que avanza a una velocidad mínima en comparación a la inmediatez del mundo actual”.
Le pregunté si andamos escasos de empatía y ella respondió que no todo el mundo. "Hay personas que la tienen muy desarrollada. Más que empatía, yo la llamo “delicadeza”, como la novela de David Foenkinos. El caso es que, ¿cómo se va a poner uno en el lugar de una persona que está pasando un duelo si nos han enseñado a vivir negando la muerte y la tristeza constantemente?", aseguró. 
Leach cree que mirar hacia otro lado es un mecanismo de superviviencia. "No creo que sea algo consciente. No es culpa de nadie. Mirar de frente a la muerte, y comprenderla, es algo que no nos gusta. No hacerlo hace que sigamos adelante con nuestra vida más fácilmente, aunque al final eso resulte un autoengaño", me dijo.
Le pregunté si lo fácil es tomar antidepresivos y dejar que pase el tiempo sin analizar lo vivido. Sin traspasar la experiencia de forma consciente. Y ella respondió: 
"A corto plazo, muy fácil. A largo plazo, puede resultar desastroso. El cerebro es muy listo e intenta evitar la tristeza de todas las maneras posibles, te tienta para que no afrontes lo que tanto te va a doler. Pero mi psicóloga me lo dejó muy claro desde el principio del duelo: “tu trabajo prioritario ahora mismo es atravesar esta etapa tan complicada, tienes que experimentar el dolor, es lo que te toca; de lo contrario, de aquí a cinco años, puedes sufrir una depresión”. ¡Y eso sí que me asustó! Decidí vivir el duelo de forma consciente, aunque muchos no entendieran porque no me “reenganchaba” de una vez a mi vida anterior. Fue una suerte. La primera etapa es muy triste, está llena de emociones desgarradoras como la rabia o la culpabilidad, pero también está repleta de amor y de sucesos mágicos. Yo sabía que quería salir de allí y, si para conseguirlo, tenía que bajar al pozo, estaba dispuesta a hacerlo. Y no, afortunadamente, me tomé ni media pastilla".





Afirma que, gracias a lo vivido, ha aprendido que la vida no es ni justa ni injusta, simplemente, no atiende a razones, es vida y punto: nuestro cometido no es entenderla, sino aceptarla.