miércoles, 28 de junio de 2017

Sobre la muerte (I)


Quienes me conocen personalmente dicen que soy optimista. Y casi siempre feliciana. Pero no soy ajena a los golpes de la vida, ni tampoco a las emociones que menos nos gustan. Por ejemplo, la tristeza. 

De hecho, estos días ando un poco bajita de ánimo recordando sucesos que supusieron un antes y un después en mi vida. Pero hace tiempo que me marqué en la piel un keep walking a modo de mantra. Sí, yo continúo caminando, pase lo que pase. 

Digo esto porque me gustaría hablar sobre la muerte. A mí no me incomoda. Todo lo contrario. La siento aquí al lado, intuyo que puede suceder en cualquier momento y prefiero relacionarme con ella con naturalidad. Dentro de lo posible, claro está. 

Cuento esto porque hace unas semanas, entrevisté a varias personas y publiqué en el suplemento Zen, de El Mundo, un reportaje sobre el movimiento internacional Death Café. Se trata de una iniciativa que reúne a desconocidos en torno a un café dispuestos a charlar sobre la muerte. En el más amplio sentido de la palabra. Y eso da para mucho. 

Suele ocurrir que el espacio de los medios es limitado. Por eso, me gustaría traer a éste mi pequeño blog, las entrevistas que realicé a varias personas y que en dicho artículo no tuvieron cabida. Lo haré en semanas consecutivas. ¡Lo sé, son temas muy veraniegos!

Así las personas que no se sienten cómodas con estos asuntos pueden guardar vacaciones y leerme a partir de septiembre. En apenas un mes, inicio la vuelta a España con un gran viaje y posiblemente no publiqué hasta entonces. Quienes queráis continuar con la lectura, os presento a María Leach.

Ella escribió unos versos bellísimos. Y publicó un poemario que a mí me conmueve profundamente. Es uno de los pocos libros en español que me ha acompañado este año. A él he vuelto con frecuencia. 

Me parece la carta de amor más bella que he leído en mucho tiempo. Es la carta de amor a su marido muerto. Suena duro, ¿verdad? Pues ella escribe así como duele. Sin anestesia. A pecho descubierto. Y por todo ello merece mi respeto. 

Sobre ella he publicado, recientemente, una entrevista en El Hedonista. Os invito a leerla y, si os apetece, podéis continuar por aquí...

María apunta que “las bases fundamentales del sistema actual necesitan personas que consuman y sean felices, que no piensen más allá. Nos comportamos como si fuéramos eternos y eso provoca que nuestro modus vivendi dé la espalda a la realidad, a lo que no es maravilloso. Pero lo cierto es que, por mucho que finjamos o cerremos los ojos, la vida es una dualidad constante y está compuesta por sucesos positivos y negativos, por alegrías y tristezas, por la salud y la enfermedad, y en último término, por la muerte”.
Ella lo experimentó en primera persona. Ella es periodista y la autora del poemario No te acabes nunca, publicado por Espasa es Poesía e ilustrado por Paula Bonet. En apenas unos meses, contrajo matrimonio y esperaba su primer hijo. Poco después de nacer la criatura, su marido, Charlie, murió de cáncer.




Siguiendo el consejo de una psicóloga, cada día durante dos años, escribió y dio salida a sentimientos tan encontrados y difíciles de canalizar como la incredulidad, la rabia, la pena, el dolor, la desesperación, el agotamiento… hasta la paulatina reconexión con la vida. Porque, como Leach afirma, “el duelo tiene diversas fases que van surgiendo a cuentagotas y que no queda más remedio que atravesar”.
 
Su propia experiencia le ha demostrado que hablar de la muerte es positivo. “Ayuda muchísimo. Es una manera de liberar emociones, de sanar, de acercarse a la cicatrización y de prepararse para afrontar nuestra propia muerte y la de nuestros seres queridos. Nunca sabemos cuándo puede alcanzarnos. Los problemas diarios, tanto los grandes como los más minúsculos, se ven completamente diferentes cuando uno los compara con la muerte”.
Señala que en las escuelas deberían prepararnos también para afrontar las adversidades y darnos las herramientas necesarias para superarlas, en vez de esquivarlas.
La falta de habilidades para encarar las dificultades se descubre no solo en quién vive la muerte apenas a unos milímetros de distancia, en su alma, sino también en quien se encuentra justo en frente. Cuesta, por tanto, acercarse desde la naturalidad y desde la delicadeza a quien atraviesa el duelo. Tenderle una mano, escucharle, dejar que exprese sus emociones.



Leach señala que “la gente quiere que ‘se te pase rápido’, ‘que el tiempo te cure ya’ y ‘te rehagas sin sufrir mucho’. Sin embargo, el duelo es sufrir y tiene un timing para el que es preciso demostrar mucha paciencia por los dos lados, tanto el que lo sufre como los que le rodean. El duelo es un proceso lento que avanza a una velocidad mínima en comparación a la inmediatez del mundo actual”.
Le pregunté si andamos escasos de empatía y ella respondió que no todo el mundo. "Hay personas que la tienen muy desarrollada. Más que empatía, yo la llamo “delicadeza”, como la novela de David Foenkinos. El caso es que, ¿cómo se va a poner uno en el lugar de una persona que está pasando un duelo si nos han enseñado a vivir negando la muerte y la tristeza constantemente?", aseguró. 
Leach cree que mirar hacia otro lado es un mecanismo de superviviencia. "No creo que sea algo consciente. No es culpa de nadie. Mirar de frente a la muerte, y comprenderla, es algo que no nos gusta. No hacerlo hace que sigamos adelante con nuestra vida más fácilmente, aunque al final eso resulte un autoengaño", me dijo.
Le pregunté si lo fácil es tomar antidepresivos y dejar que pase el tiempo sin analizar lo vivido. Sin traspasar la experiencia de forma consciente. Y ella respondió: 
"A corto plazo, muy fácil. A largo plazo, puede resultar desastroso. El cerebro es muy listo e intenta evitar la tristeza de todas las maneras posibles, te tienta para que no afrontes lo que tanto te va a doler. Pero mi psicóloga me lo dejó muy claro desde el principio del duelo: “tu trabajo prioritario ahora mismo es atravesar esta etapa tan complicada, tienes que experimentar el dolor, es lo que te toca; de lo contrario, de aquí a cinco años, puedes sufrir una depresión”. ¡Y eso sí que me asustó! Decidí vivir el duelo de forma consciente, aunque muchos no entendieran porque no me “reenganchaba” de una vez a mi vida anterior. Fue una suerte. La primera etapa es muy triste, está llena de emociones desgarradoras como la rabia o la culpabilidad, pero también está repleta de amor y de sucesos mágicos. Yo sabía que quería salir de allí y, si para conseguirlo, tenía que bajar al pozo, estaba dispuesta a hacerlo. Y no, afortunadamente, me tomé ni media pastilla".





Afirma que, gracias a lo vivido, ha aprendido que la vida no es ni justa ni injusta, simplemente, no atiende a razones, es vida y punto: nuestro cometido no es entenderla, sino aceptarla.

miércoles, 21 de junio de 2017

10 cosas que aprendí en el West Highland Way

Caminar funciona. Es así si dejamos el coche aparcado y lo hacemos en el día a día. Pero mucho más si nos marcamos un objetivo y, paso a paso, intentamos alcanzarlo. 

La semana pasada caminé 150 kilómetros en ocho días. Ahora, noto el efecto. Sé que funciona.

Me gusta el verbo caminar. Lo prefiero a andar. En inglés, utilizan otras posibilidades: climbing, hiking, trekking. ¡Yo me quedo con walkingPuede parecer absurdo, pero precisamente el sábado charlé con un alemán sobre los matices que diferencian a estos términos. 

El año pasado, Ana me habló del West Highland Way. Lo anoté en mi mente y se convirtió en un propósito firme. 




Gracias por la mención, Ana, he aprendido mucho siguiendo la flor del cardo, emblema de Escocia. Al menos, diez cosas.




1.- Soy fuerte. 

Quizá no tanto como algunas personas imaginan, pero mucho más de lo que yo a veces siento. 

Que toda tu vida hayas escuchado que eres una niña, una chica y una mujer fuerte, condiciona. 

Suele suceder que, cuando te encuentras con una gran piedra en la vida, esperan de ti que lo pases pronto, visto y no visto. 

Ser fuerte es una virtud pero mostrar la vulnerabilidad y expresar la debilidad, también.

2.- Sola, no pasa nada.

He caminado con mi única compañía. Únicamente el primer día anduve junto a un inglés, Matt. Dos días vi a gente por delante y por detrás. Los otros cinco: no vi a nadie. 




No sentí miedo por ello. (Aunque confieso que lo sentí por otras cosas que no son tangibles... ¡Ay, la cabeza!) 

No sé si tiene algo que ver con la valentía, con la inconsciencia o, quizá, más con la libertad. 

No tener miedo, ayuda. Creo que es una buena actitud en la vida. No temer.

3.- Confiar. 

Como lo es confiar en las personas. 

Mis padres me enseñaron a ser abierta y a hablar también con los desconocidos. Incluso a contarles dónde voy. 

Menos mal que en la cima de Devil's Staircase les dije a esos dos señores que yo también me dirigía Kinchlochleven. Ellos, cuando me vieron seguir otra senda, comenzaron a silbarme y a gritarme. Ése no era el camino.

Y quien dice confiar en las personas, añade hacerlo en uno mismo. 

4.- Sentirse acompañada.

Desde cerca y desde un poco más lejos, me han seguido amigos y familiares. Ellos querían saber sobre cada etapa, sobre si la lluvia había dejado paso al sol, etc. 

También lo han hecho personas que no conozco y que posiblemente nunca conozca. Facebook tiene muchas cosas buenas y yo he compartido mi camino escocés. 

¡Hay quién asegura que se ha emocionado!

5.- Aquí y ahora. 

Estar aquí y ahora escribiendo este texto es un regalo. Como lo fue recorrer toda la longitud de Loch Lomond, subir montañas como Conic Hill, en Balmaha, y saltar tantos ríos y riachuelos. 

Mirar demasiado a lo que fue, buscar constantemente entre los recuerdos o no entender correctamente el significado de la nostalgia, puede acercarnos a la depresión. 

El exceso de preocupación acerca del futuro también efectos que no son secundarios: ansiedad. 

Por lo tanto: aquí y ahora. 

6.- Seamos más naturales.

Porque vi millones de midges y solo tres me picaron.

Porque vi un macho cabrío salvaje, me miró y se alejó cojeando. Pobre. 

Porque vi paisajes que me hicieron llorar. 

Porque he agradecido la lluvia. Sí, casi cada gota.

Porque he vuelto a sentir que la luz de este país, de Escocia, es bellísima. Es única. 

Por todo ello, he tomado conciencia del respeto que debemos a la Naturaleza. Cada día nos alejamos más y más de ella. Y eso sí que no funciona. 





7.- Agradecimiento.

Porque tengo energía y fuerza mental para intentar nuevas metas. Sean 150 kilómetros o la mudanza número 12 y la vuelta a Madrid con todo lo que implica. Intentarlo y posiblemente alcanzarlas. 

Gracias. 

8. Silencio. 

Yo, que hablo por los codos, preciso silencio. 

He vivido ocho días silenciosos. Y ha sido un regalo enorme.  

Porque silencio es la ausencia de ruido, fuera y dentro de la mente. 

Porque significa reflexión. Y yo necesitaba detenerme, aunque paradójicamente estuviese caminando, para mirar con perspectiva hacia atrás y tomar impulso hacia delante. 

9.- Viajar funciona. 

Caminar funciona y viajar a pie o en cualquier otro medio, también. Abres tu mente, sacudes algunas ideas rancias y derribas prejuicios. Cerca o lejos. Funciona. 

10.- Respirar.

Porque cuando algo duele profundamente parece que el tiempo no avanza. Ése que dicen lo cura todo. Pero así es. Y un día, te das cuenta de que ya pasó.

La calma, de nuevo, está aquí, a mi lado. No temo nuevas piedras en el camino, que las habrá. ¡En el West Highland Way he caminado por encima de infinidad!

Por eso, aquí y ahora, respiro, tomo aire y continúo caminando. ¡Queda mucho trecho, amigos!






Keep walking!

viernes, 19 de mayo de 2017

Prejuicios

En Internet, llámese este blog o las redes sociales (que las tengo todas y gestiono otras más), es fácil vender una imagen que no corresponde con la realidad.

Yo pongo en mi foto de perfil de Facebook: 'Ninguna persona es ilegal'. Y creo limpiar mi conciencia. Pero tengo prejuicios.

Seguramente más de los que reconozco y admito. Hacia las personas y hacia las ciudades. Pero no seré yo quién tire por la borda mi reputación. 

Hoy confieso un prejuicio. Hasta hace siete días creía que Glasgow no ofrecía nada interesante para una persona tan... ¿prejuiciosa? como yo. 

Como suele suceder, me tuve que tragar mis palabras. La ciudad me mostró una larga lista de encantos, bueno, fue nuestro cicerone: Catriona. Y me sentí mal por esa indigestión de palabras no merecidas, por esa primera y equivocada impresión, tanto que mañana regresaré para, durante apenas siete horas, recorrerla de nuevo. 

Hasta el fin de semana pasado, encontramos muchas excusas para posponer la visita a Glasgow. Yo fui para la entrevista de solicitud del número que te permite trabajar en Escocia. Aquel día mi mirada no era la adecuada e hice algo que nunca antes había hecho, cambié el billete de autobús y volví antes de lo previsto. Casi siempre me faltan horas... ese día yo deseché varias. 

El viernes pasado llegamos a Glasgow para encontrarnos con dos amigos: Óscar y Sandrine. Elegimos esa ciudad como punto intermedio entre nuestros actuales lugares de residencia. No hace falta que diga que la compañía influyó en que esta vez mi mirada fuera diferente. 

Todo comenzó con buen pie. Nos dejaron cenar cuando estaban a punto de echar el cierre en un restaurante indio llamado The Dabba. Nos tomamos unas cervezas (para algunas, demasiadas), poniéndonos al día a grito pelado en un bar en el que la música invitaba a cualquier cosa menos a mantener una conversación con esos amigos que hacía cinco años que no veíamos. 

Nos despertamos tarde y el desayuno-comida-merienda tuvo lugar en un espacio muy agradable. Catriona nos citó en Singl-end. Y allí las horas volaron mientras afuera no dejaba de llover. 

No lejos de ese bonito café y panadería, se encuentra The Glasgow School of Art. Lo primero que yo hice, atendiendo a mi debilidad por las tiendas de museo y olvidándome de la próxima mudanza, fue detenerme y comprar una bolsa de tela (he perdido la cuenta de cuántas tengo), un jabón con olor a menta (he perdido la cuenta de todos los que tengo, pero a mi favor añadiré que soy capaz de recordar el aroma de cada uno) y ocho lápices (de esto ya hablé en un post anterior). 

Ya en el interior de la escuela, conocí un poquito la figura de Charles Rennie Mackintosh y de su mujer, Margaret Macdonald. Mañana sabré algo más porque he reservado una plaza en el Walking Tour que muestra su legado en la ciudad. Caminaré durante algo más de dos horas con la mirada adecuada. 

Mañana, también me gustaría conocer la galería y museo Kelvingrove así como el jardín botánico. Quizá siete horas no sean suficientes y suceda que desee regresar otra vez. 

Todavía en la escuela, recorrimos una exposición colectiva. Una de las artistas estaba junto a un monitor en el que se proyectaba su creación y junto a una cámara de fotos. Nos explicó que la instalación no había finalizado, era precisa la interacción y la reacción del público. Y nos invitó a participar. 

Éramos cinco personas, ¿quién accedió? Lo que escuché, por ejemplo, divagaciones sobre el amor y lo cansado que es, y lo que vi en el ordenador que ella me ofreció, provocó las caras más expresivas que esa joven posiblemente haya grabado en los últimos días. Quizá en otro tiempo, en otra ciudad, me vea en un monitor siendo parte de otra muestra artística... ¡O un documental!

Después, continuamos callejeando sin prisa por Glasgow. Nos asomamos al interior de la Universidad, que también ofrece visitas guiadas. 






Encontramos esas flores tan especiales llamadas 'snake head' y, claro, rododendros de diferentes colores. 





Tomamos una cerveza en Ubiquitous Chip, dicen que es lugar en el que ahora se deja ver la gente guapa de la ciudad. Nosotros lo elegimos porque encontramos una mesa libre en su terraza a pesar de no ser fumadores... 

Más conversaciones, más comida rica, cervezas y gin tonic en Gandolfi. También música de nuestra época (¡Horror, ya hablo como una abuela cebolleta!) en The 13th Note

Y, tras la lluvia del sábado, mañana de domingo soleado en el mercadillo The Barras.










Multitud de muestras de arte que están en uno de los mejores museos: la calle. 








Besos frente a un par de espejos. Y claro, más y más conversaciones... ¡Qué bueno es reunirse con los amigos tanto tiempo después!





¡Y qué suerte la mía que mañana regreso a Glasgow!