domingo, 15 de abril de 2018

Comer y divertirse

En un alarde de pereza, he estado a punto de titular esta entrada como la anterior: Sobre varios asuntos

Lo cierto es que los titulares no son mi fuerte, ni tampoco tengo un post en mente fascinante. Ahora bien, en las últimas semanas (casi cuatro) he disfrutado de algunos planes y quiero compartirlos.

He comido mucho y muy bien, para no abandonar los buenos hábitos. Destaco varios restaurantes en los que, además, me lo he pasado muy bien. 

Creo esencial celebrar; sí, casi cualquier cosa. Hace unos días celebramos en Kappo. Es un japonés muy cercano a casa que tenía muchas ganas de conocer. 

Fuimos sin conocer el funcionamiento ni tampoco el precio. ¡A lo loco! Nos resultó muy divertido el aceptar el trato y comer lo que dicta el chef. Él es Mario Payán. 

Tomamos asiento en Arallo Taberna un día cualquiera a eso de las 20 horas. Y flipamos con lo rico que estaba todo, con el rollo del equipo y con la música. ¡A punto estuvimos de irnos de copas después de la cena!









Muy a tener en cuenta: dumpling de cocido gallego, las ostras, el tuétano, las croquetas y también la Cerveza La Virgen IPA, que tan buenos recuerdos me trajo de Escocia y de mi 'máster' sobre cervezas Indian Pale Ale. 

Arallo es un sitio en el que dejarse de ideas preconcebidas y escuchar las recomendaciones del personal. Si bien, como Kappo y como la dirección que sigue unas líneas más abajo, no se puede esperar un precio bajo. La sorpresa, el producto, la originalidad tienen su precio. 

Que fueran las 20 horas de un jueves futbolero nos brindó la suerte de encontrar dos sitios en Sala de Despiece. Siempre, sí, cada día desde que abrió, hay fila en la puerta. Y yo no tengo paciencia para esperar en un restaurante. Pero esta vez, lo conseguimos. 

De Sala de Despiece me gusta que no solo comes rico, sino que además es clave la interacción con el equipo y tener la mente abierta. Comería una y otra vez el plato de berenjenas con sardinas, el steak tartar y ese flan de brie con chocolate. 

Por último, un café. Sí, el que por fin hemos tomado esta mañana en Café Angélica. Llevaba tiempo queriendo conocerlo y hoy lo he conseguido. Ha sido un café tardío, a las 13 horas, debido a un aperitivo que ayer se nos fue de las manos... Empezamos a las 13 horas y llegamos a casa a las 02.00 horas. Hoy nuestro ritmo era muy lento. 







Abre los siete días de la semana y también es tienda. Ocupa un local de la calle San Bernardo que, durante mucho tiempo, estuvo ocupado por un herbolario y al que alguna vez yo entré. 

Desde hace apenas un año, es propiedad de los hermanos Carlos y Lucía Zamora, impulsores de Celso y Manolo, La Vaquería montañesa y Carmencita, que también me gustan. Ah, y responsables del nuevo rumbo de Café del Nuncio, al que tengo pendiente ir por alguna que otra razón sentimental.

Esta mañana, hemos charlado con la persona al frente de Café Angélica sobre buen café y periodismo. Hemos comprobado que estéticamente es un lugar precioso, color de las paredes, lámparas, banquetas, diseño de los botes de especias... y la calidad es la máxima. 

Dicho esto, sigamos divirtiéndonos y elijamos restaurantes y cafés con forma y fondo. 

Buena semana. 




domingo, 18 de marzo de 2018

Sobre varios asuntos

Hace tan solo una semana, mi lectora más fiel, Ana, me recordó que tengo el blog un tanto olvidado. Sus llamadas de atención suelen funcionar y pienso en ponerme las pilas, pero luego regreso a la realidad, se me acumulan las tareas y vuelvo a dejar pasar, quizá, demasiado tiempo. 

Hoy, le pongo remedio, pero no me pidáis orden porque en mi cabeza bullen varias ideas, libros, cuestiones y una exposición. 

Empezaré por el principio, que suele funcionar. 

- El pasado 8 de marzo me manifesté. Lo hice junto a tanta gente, y cogida de la mano de mi pareja, que hasta lloré de la emoción. Ese día en mis redes compartí un texto. Lo escribí en un banco, helada de frío, frente al Círculo de Bellas Artes. Lo hice entre las 16 y las 18 horas, cuando paré y abandoné mi puesto en la agencia en la que trabajo. Lo hice, como digo, helada y evitando  incumplir la huelga también de consumo, y meterme a tomar un café calentito. Allí, en ese banco escribí:

He crecido en un hogar igualitario, pero he vivido multitud de hechos, más y menos grandes, que me han hecho sentir que ser mujer es diferente. Aquel 26 de junio de 2015 en el que aborté, me rebelé porque el gobierno de Navarra nos sometió a violencia obstetricia a mi pareja y a mí. Nos obligaron a abortar en otra comunidad, me anonimizaron y pasé a ser un código numérico. Durante esas 24 horas, las peores que he vivido hasta la fecha, sentí que no era lo suficientemente feminista. A mi madre, que agarraba mi mano, le repetía una y otra vez que no había derecho, que quería dormir en mi casa y que debía contárselo a alguien con autoridad en el mundo sanitario. Ése fue el principio de una nueva actitud para cuidar y denunciar el lenguaje y los hechos. Hubo cambio de gobierno, con una mujer al frente: Uxue Barkos. Y el equipo del consejero de salud, Fernando Domínguez, me escuchó. Sin cita previa. Quise contarles cómo eran tratadas las personas ante un aborto en Navarra. Quise hacerlo para que no lo sufrieran más mujeres ni más hombres. Ariadna no llegó a vivir. Por ella, por las que nos preceden, por las que somos y por las que serán: Mujeres, no nos quedemos quietas #womenstrike #yoparo#feminismo  #abajoelpatriarcado

ABORTO LIBRE Y GRATUITO, YA.


Lo acompañé de la bella ilustración de Paula Bonet sobre la huelga por parte de las mujeres del mundo del libro. 




Ella también ha sufrido varios abortos y ha contado su experiencia en las redes sociales generando respuestas de hombres y mujeres que a mí, que he leído la mayoría, me han emocionado enormemente. 

El trabajo de Bonet me gusta, me gusta muchísimo. De hecho, tengo sus libros y en nuestra casa cuelga esta obra. Os recomiendo seguirle la pista. 






- En estos días, he leído un libro: Morder la manzana. Lo firma Leticia Dolera, una persona que me parece realmente interesante y con un discurso necesario. Leedlo y os sorprenderá que la cultura patriarcal, el paternalismo, el poso cristiano y el machismo los tenemos metidos hasta las entretelas. Pero podemos cambiar muchas cosas, empezando por nuestra mirada, nuestra actitud, nuestro lenguaje. 

Yo llevo una larga temporada observándome y observando a los demás. Y yo también doy muestras de ese legado cultural que no me gusta nada de nada. Paso a paso, pero de forma firme y consciente. 

Si tenéis redes sociales, os recomiendo seguir tanto a Paula como a Leticia. Ellas son grandes observadoras y lo comparten activamente. 







- Desde hace semanas quería visitar una exposición. La oferta de Madrid es tan extensa que se me acumulan las muestras que quiero ver, pero sabía que ésta no debía dejarla pasar. Hoy, he recorrido con absoluta emoción Auschwitz

Está en Madrid, en la sala del Canal de Plaza Castilla, hasta junio. No dejéis pasarla. Os diré que, si no vivís aquí, puede ser la excusa perfecta para programar una escapada. 






A mí, que generalmente no me gustan los espacios masificados, hoy me ha alegrado comprobar que éramos tantos los allí reunidos. 





He dejado escapar algunas lágrimas al escuchar el testimonio de una superviviente que explicaba cómo una de sus tareas era clasificar las ropas y pertenencias de quienes habían sido asesinados. Entre aquellas prendas, descubrió el jersey de su hermano. 








He recordado pasajes de los tres libros que en su día leí y que firmó Primo Levi. Creo que volveré a ellos muy pronto. 





Me he sentido profundamente enfadada porque, como reza el el subtítulo de la muestra, esto ocurrió "No hace mucho. No muy lejos", pero sobre todo porque HOY siguen ocurriendo hechos atroces, asesinatos, genocidios... Sí, siguen ocurriendo, y desde nuestra cómoda posición seguimos mirando a otro lado. Es fácil porque no somos nosotros las familias, niños, mujeres, hombres, ancianos que caminamos sin rumbo porque nos han despojado de nuestras vidas.

Y eso me produce malestar, me revuelve el estómago. 

lunes, 5 de febrero de 2018

Nunca es tarde si el profesor es bueno.

Siendo niña, jamás, jamás destaqué en manualidades. Recuerdo que para preparar la excursión a la casa natal de Goya, en Fuendetodos, durante varias semanas estudiamos su trayectoria y debimos elegir una de sus pinturas y, efectivamente, copiarla. O intentarlo...

Para mí fue tan frustrante que de veras no recuerdo si pinté La maja vestida o el Perro semihundido. Juro que no lo recuerdo. En otra ocasión, tuve que pintar un cuadro de Sorolla, y la experiencia fue similar. 

La cuestión es que nunca he dibujado ni pintado ni un poquito bien. A mí lo que me gustaba hacer de pequeña era montar un gran mural con papel blanco de la farmacia de mi madre, como de unos dos metros, y recrear historias de personajes que recortaba en los periódicos y revistas. Casi siempre, no sé porqué, los protagonistas se reunían en un bosque, de modo que pintaba árboles, nubes, pájaros y flores. Poco más. 

Hablando de flores ahora explico eso de 'nunca es tarde si el profesor es bueno'. Porque este fin de semana pasado, en el que he hibernado como un oso, solo salí de mi cálida guarida, ayer domingo, para asistir a un taller de acuarela. 

Acepté la propuesta de la maravillosa decoradora florar Sally Hambleton y del carismático acuarelista Jorge Bayo. A ambos les conozco un poquito en persona y algo más por email dado que les he entrevistado en diversas ocasiones. No dejo pasar la oportunidad para remitiros a las dos entrevistas publicadas en El Hedonista: A ella y a él

Os diré que ella es exquisita creando con flores y él es un genio de los pinceles. 

Vuelvo a lo que quería contar. El caso es que me propusieron participar en un taller de acuarela. Las modelos, naturalmente, eran las flores de Sally. 


(© CyC)

Me pareció una oportunidad maravillosa para rodearme de belleza, e incluso, superar mis complejos artísticos. Y acepté. El domingo, entre que yo seguía teniendo sueño y que llovía, lo lamenté profundamente y de camino al número 11 de Gabriel Lobo, pensé que no había sido buena idea.






(© Sally H.)

Pero me presenté. Y pronto supe que mis compañeros de taller estaban dotados de ese ingenio artístico del que yo carezco. 

Me hice pequeña en mi silla. Jorge, el gran profesor, me animó porque afirmó que el error es pasarlo todo por el filtro del pensamiento; aconsejó pintar de forma rápida, sin pensar. Aseguró que a todos nos gusta pintar y cuando somos niños lo hacemos y mejoramos porque nos animan y nos aplauden ante cualquier garabato. A medida que crecemos, se silencian las aprobaciones y entonces, la mayoría deja de intentarlo. 

Él afirmó que la técnica de la acuarela brinda una conexión con uno mismo y una intimidad muy placenteras. 

A mí, personalmente, me encantó crear diferentes colores tan solo con el magenta, el cyan y el amarillo. Obediente, hice lo propuesto por Jorge: pinté rápidamente lo que creí que era un cardo. 

Y hago un paréntesis para decir que las flores que mezcla Sally en sus obras son espectaculares, pero las de ayer a mí me emocionaron mucho porque me devolvieron a Escocia. 

Encontré varias de ellas que acostumbraba a admirar en mis paseos por el jardín japonés de The Crichton: narcisos, membrillos japoneses, cardos y también snakeheads



(© CyC)

Esto es una flor muy particular cuyo 'estampado' se parece a la piel de una serpiente. 

Continúo. Pinté un cardo, en mi opinión, muy decente y me sentí feliz. Mi euforia se esfumó cuando Jorge se acercó y me dijo que, precisamente, la acuarela se trata de deslizar el pincel creando trazos, no las rayitas que yo había hecho. 

No tiré la toalla. Dibujé, escuché, disfruté, aplaudí las obras (fantásticas) de mis compañeros y sobre todo me sentí afortunada porque Madrid me brinda encuentros con gente maravillosa. Dentro sonaba la música, había aroma de velas y de flores, y fuera... fuera, nevaba. 

Además, mi última creación no fue tan desastrosa. Incluso estoy pensando en buscarle un marco bonito y regalársela a mi madre por su cumpleaños. Creo que jamás le regalé un dibujo siendo niña. 

Pero lo cierto es que lo que más me gustó fue el estampado de la servilleta de papel en la que secaba y le quitaba agua el pincel; me pareció un campo de cereal lleno de amapolas. 



(© CyC)

Creáis o no en vuestras posibilidades artísticas, os recomiendo los talleres que periódicamente proponen Sally y Jorge. También los hay de fotografía con el móvil con otra persona altamente recomendable: Lucía M. Marcano

¡Felices días de frío y nieve!