lunes, 5 de febrero de 2018

Nunca es tarde si el profesor es bueno.

Siendo niña, jamás, jamás destaqué en manualidades. Recuerdo que para preparar la excursión a la casa natal de Goya, en Fuendetodos, durante varias semanas estudiamos su trayectoria y debimos elegir una de sus pinturas y, efectivamente, copiarla. O intentarlo...

Para mí fue tan frustrante que de veras no recuerdo si pinté La maja vestida o el Perro semihundido. Juro que no lo recuerdo. En otra ocasión, tuve que pintar un cuadro de Sorolla, y la experiencia fue similar. 

La cuestión es que nunca he dibujado ni pintado ni un poquito bien. A mí lo que me gustaba hacer de pequeña era montar un gran mural con papel blanco de la farmacia de mi madre, como de unos dos metros, y recrear historias de personajes que recortaba en los periódicos y revistas. Casi siempre, no sé porqué, los protagonistas se reunían en un bosque, de modo que pintaba árboles, nubes, pájaros y flores. Poco más. 

Hablando de flores ahora explico eso de 'nunca es tarde si el profesor es bueno'. Porque este fin de semana pasado, en el que he hibernado como un oso, solo salí de mi cálida guarida, ayer domingo, para asistir a un taller de acuarela. 

Acepté la propuesta de la maravillosa decoradora florar Sally Hambleton y del carismático acuarelista Jorge Bayo. A ambos les conozco un poquito en persona y algo más por email dado que les he entrevistado en diversas ocasiones. No dejo pasar la oportunidad para remitiros a las dos entrevistas publicadas en El Hedonista: A ella y a él

Os diré que ella es exquisita creando con flores y él es un genio de los pinceles. 

Vuelvo a lo que quería contar. El caso es que me propusieron participar en un taller de acuarela. Las modelos, naturalmente, eran las flores de Sally. 


(© CyC)

Me pareció una oportunidad maravillosa para rodearme de belleza, e incluso, superar mis complejos artísticos. Y acepté. El domingo, entre que yo seguía teniendo sueño y que llovía, lo lamenté profundamente y de camino al número 11 de Gabriel Lobo, pensé que no había sido buena idea.






(© Sally H.)

Pero me presenté. Y pronto supe que mis compañeros de taller estaban dotados de ese ingenio artístico del que yo carezco. 

Me hice pequeña en mi silla. Jorge, el gran profesor, me animó porque afirmó que el error es pasarlo todo por el filtro del pensamiento; aconsejó pintar de forma rápida, sin pensar. Aseguró que a todos nos gusta pintar y cuando somos niños lo hacemos y mejoramos porque nos animan y nos aplauden ante cualquier garabato. A medida que crecemos, se silencian las aprobaciones y entonces, la mayoría deja de intentarlo. 

Él afirmó que la técnica de la acuarela brinda una conexión con uno mismo y una intimidad muy placenteras. 

A mí, personalmente, me encantó crear diferentes colores tan solo con el magenta, el cyan y el amarillo. Obediente, hice lo propuesto por Jorge: pinté rápidamente lo que creí que era un cardo. 

Y hago un paréntesis para decir que las flores que mezcla Sally en sus obras son espectaculares, pero las de ayer a mí me emocionaron mucho porque me devolvieron a Escocia. 

Encontré varias de ellas que acostumbraba a admirar en mis paseos por el jardín japonés de The Crichton: narcisos, membrillos japoneses, cardos y también snakeheads



(© CyC)

Esto es una flor muy particular cuyo 'estampado' se parece a la piel de una serpiente. 

Continúo. Pinté un cardo, en mi opinión, muy decente y me sentí feliz. Mi euforia se esfumó cuando Jorge se acercó y me dijo que, precisamente, la acuarela se trata de deslizar el pincel creando trazos, no las rayitas que yo había hecho. 

No tiré la toalla. Dibujé, escuché, disfruté, aplaudí las obras (fantásticas) de mis compañeros y sobre todo me sentí afortunada porque Madrid me brinda encuentros con gente maravillosa. Dentro sonaba la música, había aroma de velas y de flores, y fuera... fuera, nevaba. 

Además, mi última creación no fue tan desastrosa. Incluso estoy pensando en buscarle un marco bonito y regalársela a mi madre por su cumpleaños. Creo que jamás le regalé un dibujo siendo niña. 

Pero lo cierto es que lo que más me gustó fue el estampado de la servilleta de papel en la que secaba y le quitaba agua el pincel; me pareció un campo de cereal lleno de amapolas. 



(© CyC)

Creáis o no en vuestras posibilidades artísticas, os recomiendo los talleres que periódicamente proponen Sally y Jorge. También los hay de fotografía con el móvil con otra persona altamente recomendable: Lucía M. Marcano

¡Felices días de frío y nieve!


sábado, 6 de enero de 2018

Mañana de Reyes

Escribo hoy, mañana de Reyes. No guardo demasiados recuerdos de haber sentido grandísima emoción por su llegada. Quizá, siendo la pequeña de tres hermanos, ellos, pronto, me chafaron el enigma de su personalidad. Si bien, con el menor de mis sobrinos sigo haciendo el teatrillo. Ayer tarde, le llamé y le dije que no me creía que los hubiese visto llegando en helicóptero. Fui buena y, por supuesto, mantuve el secreto. 

Tan solo recuerdo dos de sus llegadas. Una en la que debimos buscar por toda la casa hasta que encontramos el regalo (uno para cada uno) en la jardinera-balcón del salón. Sí, tuvimos que abrir las ventanas y mirar ahí, tras preguntarnos repetidamente: ¿Pero dónde están los regalos?

El segundo recuerdo también tiene que ver con la dificultad para hallar los regalos. Estaban en la terraza grande, dentro de la jaula de los faisanes que criábamos. ¡Quién lo podía intuir!

En fin que parece ser que a mí los Reyes nunca me resultaron demasiado emocionantes. Pero ahora comparto la vida con alguien que guarda la ilusión y esto hace que hoy me haya levantado y encontrado un regalo. Un bolso de Zubi. ¡Casi nada!






Y sin embargo él... nada. ¿Os preguntáis cómo me siento? ¡Pues vaya Reyes que se han olvidado del más bueno de la casa!

El caso es que hoy finaliza oficialmente la Navidad, momento del año que no me entusiasma demasiado. Y sin embargo, ¡ZASCA!, las de este año han sido bastante especiales. Lo han sido porque ha sucedido lo que yo necesitaba: que apenas hubiera algo fuera de la cotidianidad. 

Lo primero ha sido que mi madre no ha cocinado. Lo hicimos los tres hijos y los tres nietos. El menú tuvo mayor cohesión de la que imaginamos. Nos reímos y nos lo pasamos fenomenal. Sin estrés. Además, hemos descubierto el lado pastelero de uno de mis hermanos. 

Lo segundo es que el día 31 nos sentamos a la mesa, como dijo mi padre, los cinco miembros originales de la familia Nájera-Monge. Eso hacia mucho tiempo que no se producía y nos causó sorpresa y emoción a partes iguales. No preparamos nada especial, no tomamos uvas y la mayoría, antes de las 12 pm, estaba en el sobre soñando con los angelitos. 

Lo tercero es que he hecho aquello que tanto me gusta: dormir 12 horas y una siesta de dos, every single day. Así, sin pestañear, y el tiempo que me ha quedado libre lo he invertido en leer, pasear y correr con mi adorada Frida. 

Me ha fascinado el libro de Joan Didion, El año del pensamiento mágico. Me lo regaló alguien que intuye mis gustos literarios como nadie y siempre me sorprende con joyas. No es ficción, es realidad.





Es la aproximación de la autora a la muerte de su marido y a la enfermedad de su hija. Es sumamente intenso, plagado de detalles, quizá, minúsculos pero de una profundidad bárbara. Tanto que no he podido leerlo rápidamente. He necesitado dosificarlo.

Cada capítulo ha conseguido causarme muchísima emoción, casi conmoción. Es, como intuís, un libro sobre el duelo. Y a mí este tema hace tiempo que me interesa. 

Recogeré tan solo una frase:

"Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba".

Dado que no he podido leerlo, como se dice, del tirón, alterné con otra lectura. Volví a Haruki Murakami, ese autor que según mi pareja 'es un triste'. A mí me chifla. Rescaté de mi casa familiar el volumen De qué hablo cuando hablo de correr





Recordaba que cuando lo leí la primera vez, me enganchó e inauguró una etapa en la que corrí más, si cabe. De nuevo, ha funcionado. Me he apuntado a mi primera media maratón y estoy entrenando para ello. Espero mantener la fuerza de voluntad porque sé que el entrenamiento constante y sensato es clave. 

De este libro rescato un párrafo: 

"Si tuviera que dejar de correr solo porque estoy ocupado, sin duda no podría correr en mi vida. Y es que razones para seguir corriendo no hay más que unas pocas, pero, si es para dejarlo, hay para llenar un tráiler". 

Pues eso, a seguir corriendo.

Cierto, él no se equivoca: me gustan, y mucho, los autores que escriben libros tristes. 

lunes, 18 de diciembre de 2017

Pamplona, sí, te recuerdo.

Hace unos días, estuvimos en Oporto y coincidimos con una pareja de Pamplona. Al cabo de unos minutos, dijeron LA frase. Sí, LA frase: 'La calidad de vida de Pamplona no se encuentra en otro lugar'. Y nosotros decidimos asentir: 'Sí, sí... claro claro...'. 

Creo que por naturaleza soy nostálgica y por eso, para no quedarme colgada del pasado, me repito tan a menudo keep walking. Lo cierto es que recuerdo la ciudad en la que viví tres años, no hace tanto tiempo, y siento algo que no puedo definir. Quizá porque a ella llegué emocionada con la intención de cumplir unos sueños y al marcharme, podría decir, que del primero al último se habían convertido en fracasos. 

Llegué a Pamplona en el otoño de 2013 y no dejó de llover durante días y días. También nevó. Y yo debí comprarme botas y ropa de invierno, e incluso, térmica, que nunca antes había entrado en mi armario. Fue la etapa de mi vida en la que más horas pasé en casa, aunque fuera mirando por el ventanal, hacia la Plaza de la Cruz, escuchando las campanadas de la iglesia, una y otra vez. 

Éste es un post para recordar qué lugares me gustan de dicha ciudad, pero creo que se me está yendo de nuevo la mano con la nostalgia. Dicho esto, quien decida escaparse a Pamplona que apunte: 

La Servicial, el local de nuestro vecino Hugo, porque los sanjacobos son los mejores del mundo y también la chistorra y la tortilla de patata.

Deborahlibros, la librería de Katixa, con quien tanto charlé y fumé algún cigarrito anti-crisis emocional. Que en la época en la que nos conocimos, las dos las vivíamos e intentábamos verle la parte cómica, por si la tenía... 

El nuevo espacio de Pitxu: Ultramarina (Objetería los Días Felices), donde antes estuvo mi tienda favorita de especias, cereales y frutos secos a peso. Es decir, en el número 16 de la famosa calle Mañueta, donde la mítica churrería que abre tan solo en Navidad y en San Fermín. Cerca del mercado de Santo Domingo, al que tanto me gustaba ir aunque fuera a mirar. 

La Tetería La Luna y sus tartas. 

El Roch y sus fritos. 

El Peregrino y su sándwich de jamón y queso.

Caravinagre y su cerveza Estrella de Galicia.

El Catachu y su menú tan rico aunque yo siempre pidiera lo mismo: sanjacobos. Creo que nunca antes había comido tantos. 

El Parque de la Media Luna y su belleza. 

El río Arga y su paseo por el que tantas veces corrí, a pesar del frío, a pesar de la tristeza, a pesar de todo lo que me costaba. 

El Caballo Blanco y el estudio de yoga de Marta, que tanto me ayudó. 

Katakrak y esas estanterías llenas de libros. Ah, y también por las tartas. 

Café Teo por su café y sus galletas. Y por Teo, tan simpático. 

La Nuez y su salmón, su steak tartar. Y Cristina, siempre tan dulce. 

La tienda ecológica Ortzadar y sus saldos cuando los productos iban a caducar. ¡Mira qué comí tofu!

Presa o no de la nostalgia, ahora, en este preciso instante, me gustaría volver un ratito a Pamplona. Un ratito para charlar sobre cualquier cosa con mi amiga Rocío, por ejemplo. 

Ahora bien, si de calidad de vida se trata, me quedo con la de Madrid.